Vacaciones agitadas y muy revueltas
Tras el éxito de la última de mis misiones, M me concedió un merecido período de descanso, como solía ser lo habitual. Nada más salir de su despacho, pensé en un lugar al que ir. Uno al que hiciera bastante tiempo al que no acudía. Opté por el primero que me vino a la mente: Río de Janeiro. La última vez que estuve allí pude visitar el teleférico –de una forma nada aconsejable, ni siquiera para los turistas más atrevidos- pero no tuve tiempo de visitar la ciudad en sí. Una ciudad, por cierto, que disponía de uno de los mejores casinos de toda Sudamérica: el Casino Río de Plata.
Tras dejar el equipaje en la habitación, acicalarme convenientemente y cenar en el restaurante del propio hotel, me dirigí al majestuoso edificio de ruletas, barajas y tragaperras con la esperanza de disfrutar de una velada afortunada. Aunque empecé con mal pie en el Blackjack, luego recuperé bastante de lo perdido en los dados. Es más, la cantidad de fichas que empecé a recolectar llamó la atención de varios de los allí presentes. Entre ellos se encontraba la típica belleza dispuesta a todo con tal de hacerse con algunas de las ganancias. Lo sabía porque la había visto en otra mesa jugueteando con el caballero con más montones de fichas, intentando persuadirle para que la dejara tirar los dados por él y así darle suerte, cuando en realidad lo único que la interesaba era recibir una propina al final de la partida. En esa ocasión, no logró seducirle con sus encantos, así que enseguida se dirigió hacia otra mesa para volverlo a intentar con otro jugador. Ese jugador era yo. Y aún sabiendo que se trataba de una treta para sacarme los cuartos, también sabía que era típico que la mujer se ofreciera como “acompañante” por algunos billetes más, cosa que en aquel momento, estando de vacaciones, no me importaba en absoluto. Es más, es justo lo que siempre buscaba cuando disponía de tiempo libre.
- Hay que ver la suerte que tiene usted hoy, sr…
- Bond, James Bond. ¿Señorita…?
- Luna da Silva. ¿Me deja tirar los dados? Suelo dar suerte.
- La verdad es que prefiero seguir tirando yo y continuar con mi buena racha. Pero lo que sí puedo dejarla es acompañarme después de la partida. Podríamos dar una vuelta y luego… ya se verá.
- Me parece una idea estupenda.- una respuesta distinta me hubiera sorprendido.
Me obsequió con su preciosa sonrisa y me dispuse a efectuar otra tirada. Esta vez, no saqué el 7 que necesitaba, cosa que, en ese momento, no me disgustó porque lo que más me apetecía no era seguir ganando unas cuantas fichas más sino empezar a disfrutar de la compañía de Luna.
- Vaya, lo siento mucho. Parece que no le he servido de mucho, ¿verdad?
- Pues no… al menos de momento. ¿Nos vamos?
Como había previsto, dimos un paseo por la bahía. Lo que no me esperaba en absoluto fue lo que ocurrió cuando llegamos a la habitación. Sospeché algo cuando vi que fue al baño “a ponerse cómoda” llevando consigo su bolso. Me extrañó, pero no le di importancia. Luego, cuando salió, lo hizo con una pequeña pistola, justo de mi modelo, Walther PPK, cuyo tamaño era el idóneo para que pudiera ocultarla en dicho complemento. Mis reflejos me permitieron rodar por la cama con la suficiente rapidez como para no recibir ninguno de los tres disparos que efectuó.
- No te resistas, sr. Bond.- me dijo una vez me tiré por el lateral de la cama.- No tienes ninguna posibilidad.
La verdad es que tenía razón. La situación se había puesto bastante fea: me encontraba desnudo y desarmado… a excepción de mi reloj “Omega”. Su dispositivo láser era lo único que podía salvarme de una muerte segura a manos de esa energúmena. Sin perder ni un segundo, le activé, apuntando hacia sus tobillos por debajo de la cama. Tracé una trayectoria con la que le abrasé ambos. Tras proferir un potente grito de dolor, cayó de rodillas al suelo. Aproveché ese momento de debilidad para acercarme y darla una patada en la mano, de modo que su pistola voló hasta colisionar contra el armario y caer sobre la moqueta. Justo después, y sin tener tiempo para empezar su inmovilización, la mujer me propinó un puñetazo lleno de rabia en donde más me podía doler: en las partes. Caí sobre la cama y me temí lo peor. Por suerte, estaba tan atemorizada que en vez de ir a recoger su pistola, optó por salir corriendo de la habitación.
Unos segundos después, cuando me encontraba algo mejor, cogí la pistola y una bata y salí a perseguirla. Gracias a que llevaba tacones, pude oír sus pasos por las escaleras en dirección… ¿al tejado? Me extrañó que no hubiera preferido escapar por la calle, dado que le hubiera resultado mucho más sencillo. En fin, me daba lo mismo: iba a cogerla fuera como fuese. Nadie me traiciona de esa manera sin pagar por ello. Es más, nadie lo ha logrado nunca. Nadie.
En cuanto abrí la puerta con la que se accedía al recinto, la vi encaramándose al muro que bordeaba el edificio. Luego se dispuso a agarrarse a una tirolina que debió haber colocado en algún momento anterior a nuestro encuentro en el casino. Eso me hizo pensar que tenía previsto quedar conmigo desde un principio. ¿Por qué? ¿Acaso me conocía? ¿Le habían encargado matarme? Me fijé entonces el objetivo de capturarla con vida para descubrir la razón que había tras aquel intento fallido de asesinato. No obstante, me tiré el farol de que la dispararía si se dejaba deslizar por la cuerda. Como era de esperar, desatendió mi amenaza y puso rumbo al edificio de la acera de en frente, situado a unos quince o veinte metros.
Estuve tentado de quemar la cuerda con el láser del reloj, pero mi curiosidad por conocer qué había detrás de todo aquello me impulsó no sólo a no hacerlo sino que, además, me colgué y empecé a avanzar por la cuerda tal y como se hacía en los entrenamientos militares. Se trataba de algo realmente arriesgado, sobre todo teniendo en cuenta que mi rival ya estaba llegando al otro lado y podía ocurrírsele la idea de cortar la cuerda de alguna forma.
Efectivamente, así fue. Nada más tomó tierra, vi que cogía del suelo un puñal. De nuevo, tenía previsto cortar la tirolina para que nadie pudiera perseguirla en caso de que algo saliera mal. Había pensado en todos los detalles, para mi desgracia. Lo que hice entonces fue algo tan sumamente peligroso que se quedó atónita, algo que formaba parte de mi estrategia: corté la cuerda con el láser del “Omega” por la parte que había recorrido, de modo que me dirigí hacia la pared de cristal del edificio en el que ella se hallaba siguiendo una trayectora de péndulo. Cuando digo que el hecho de que se sorprendiera formaba parte de mi plan, me refiero a que el tiempo que tardó en reaccionar, me permitió atravesar una de las ventanas antes de que cortara la cuerda. Noté cómo el extremo de la misma perdía su fuerza al tiempo que caía sobre un monitor TFT y diversos elementos de oficina, todo ello mientras me veía sumido en una lluvia de cristales. Las magulladuras y los cortes fueron numerosos, pero había logrado lo que pretendía, así que me puse de pie de un salto con la intención de acabar con la persecución de una vez por todas.
Me imaginé que Luna tenía que utilizar la escalera de incendios para llegar a la calle, a menos que hubiera preparado algo más, cosa que dudaba. Así que, guiado por mi intuición, la esperé detrás de la salida de emergencia del piso en el que me encontraba. Enseguida empecé a escuchar sus tacones golpeando los escalones metálicos. Bajaba realmente rápido para llevar un zapato tan incómodo. Una vez llegó al descansillo correspondiente a mi planta, abrí velozmente la puerta metálica y la apunté con la Walther PPK. El susto que se llevó era digno de la mejor de las películas de terror. Se quedó paralizada unos segundos antes de que pudiera balbucear, entre fuertes inspiraciones, algo así como si no quería saber por qué lo había hecho.
- Por esa razón aún sigues con vida.- la respondí, sin bajar la guardia por si hacía alguna tontería.
- Te lo diré, pero sólo si me prometes que me dejarás marchar.
- Con eso no cuentes, no es negociable.
- Entonces no me dejas otra alternativa…- dijo mientras retrocedía dos pasos, luego se cortosionó sobre la barandilla y se dejó caer, de una forma similar a la que hizo Madga en aquel balcón hindú durante mi misión “Octopussy”. La diferencia estaba, obviamente, en que Luna carecía de cualquier tipo de sujeción.
Inmediatamente después me asomé, sorprendido de su reacción y siempre con la duda de si había previsto caer en algún lugar que la permitiera sobrevivir a semejante descenso. En efecto, así era: su cuerpo fue a dar a un container de basura… pero de los dos que había, fue a parar al que tenía la tapa cerrada. Si nos hubiéramos encontrado en un piso inferior, probablemente hubiera acertado a caer en el que estaba abierto, pero desde la planta 23, las posibilidades de conseguirlo eran tan escasas como sacar tres veces seguidas un seis doble. “Eso sí que es un deporte de riesgo y no el puenting”, pensé tan sarcástico como de costumbre.
Una vez bajé hasta el estrecho y mal iluminado callejón, subí al container y la contemplé durante unos segundos. Era realmente hermosa. Una lástima que hubiera dedicado su vida al crimen en vez de a algo más provechoso. Registré su cuerpo pero no encontré nada a parte del puñal.
Volví a la habitación del hotel con la esperanza de hallar alguna pista que me permitiera saber la razón por la que había atentado contra mí. Cogí su bolso y tiré su contenido sobre la cama. Pintalabios, maquillaje, pañuelos… No encontré nada raro hasta que abrí la cartera. Ahí encontré una fotografía en la que se la veía acompañada del que parecía ser su novio. También sería algo de lo más normal si no llega a ser porque se encontraban embutidos en trajes de astronauta amarillos con franjas negras.
“Moonraker”, fue la palabra que acudió entonces a mi mente. Luna había sido una de las elegidas por Hugo Drax para viajar a la estación orbital que había creado el magnate con motivo de crear una nueva era humana tras la total aniquilación de la especie que tenía planeada. Mi actuación, junto a la de Holly Goodhead, echó a perder su sueño de partipar en la creación de esa nueva civilización. Sin duda, era un buen motivo para vengarse de mí.
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