Si Teresa no hubiera muerto
¡Es Blofeld!- exclamó Bond sorprendido después de que la última bala de la ráfaga desapareciera en la inmensidad del horizonte. Después de comprobar que Tracy no había sido herida, aceleró al máximo para tratar de alcanzar al villano y a su despiadada ayudante, Irma Bunt. No iba a resultar nada fácil: aquella carretera tenía tales curvas que bien podría utilizarse para celebrar un rally. Sin embargo, la habilidad al volante del ex-agente 007 y la maniobrabilidad y potencia del Aston Martin que conducía propiciaron el acercamiento entre los dos automóviles.
- ¡Agáchate, Tracy!- le gritó Bond a su reciente esposa cuando vio a Irma sacar su ametralladora por la ventana. Afortunadamente, el serpenteante recorrido la impidió disparar con el menor atisbo de puntería. Ni una sola bala logró acertar al coche que les perseguía.
Jamás lo admitiría, pero Bond echaba de menos en aquel crucial momento un buen artilugio de Q en la parte delantera del vehículo que le permitiera atacar a su presa. Sin embargo, no le hubiera hecho falta: la aparición de una pequeña furgoneta justo en una curva hizo que Blofeld se viera obligado a dar un volantazo en dirección al lateral izquierdo de la calzada, o lo que es lo mismo, rumbo al precipicio que daba al mar. Bond detuvo casi en seco su Aston Martin, se bajó de él y contempló la larga caída del vehículo de su eterno enemigo. Tracy también se aproximó al borde del asfalto para ver cómo, al fin, moría uno de los criminales más peligrosos de la Historia, aquel que a punto estuvo de acabar con sus vidas al provocar una avalancha.
- Disfruta de tu último chapuzón, Blofeld.- dijo Bond, tan sarcástico como siempre después de la muerte de un enemigo.
- Bueno, esta ha sido tu última contribución al mundo.- le dijo Teresa.- Te mereces una buena recompensa después de tantos años al servicio de su Majestad.
- ¿Ah, sí? – respondió su marido, siguiéndola el juego.- ¿Me darán una medalla?
- No, han pensado en algo más… sugerente.
- ¿Como qué?
- Algo como esto.- y le besó, dando comienzo, ahora sí, a su luna de miel y, por tanto, a su nueva vida de casados. Una vida en la que Bond iba a poder respirar tranquilo, a dejar de lado para siempre al riesgo y las aventuras.
Entretanto, en las profundidades de las aguas, un submarinista divisó a escasos metros de distancia cómo un coche se hundía bruscamente. Sin dudarlo un momento, se aproximó a la ventanilla del conductor todo lo más rápido que pudo y le ofreció la boquilla de repuesto que toda bombona de oxígeno poseía siempre.
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