Por un susurro
007 se encontraba tumbado bocabajo sobre el techo de cemento de la jaula de los orangutanes a la hora prevista: veinte minutos antes del cierre del zoo. Como había descubierto 005, el traficante de armas Julio Hernández, acompañado de sus dos enormes guardaespaldas, se hallaba justo en frente de espaldas a él, observando el recinto de los tigres. Preparó el rifle de francotirador con mira telescópica y visión nocturna. Apuntó a los “gorilas” vestidos de traje y les disparó. Ninguno de los dos se inmutó en lo más mínimo. “Perfecto”, masculló Bond.
Bajó al suelo y caminó tranquilamente en dirección al criminal mejicano. “¡Hombre, Julio!”, le saludó en un tono de voz bastante alto, como si fuera un amigo de toda la vida. Los guardaespaldas se sobresaltaron ligeramente, precavidos. Su jefe se giró y miró a Bond con cara de extrañado. Entonces, el agente inglés sacó un mando con un botón rojo y le apretó sin dar más explicaciones y sin ofrecer la más mínima oportunidad de reacción. Los guardaespaldas se pusieron a temblar enérgicamente, como si tuvieran espasmos, hasta que 007 dejó de utilizar el mando. Se trataba de un nuevo invento de Q: cuando les disparó con el rifle de francotirador, lo hizo con dos cargas adhesivas capaces de emitir fuertes descargas eléctricas cada vez que fueran accionadas. Julio se quedó sin habla, presa del miedo. Como para no estar aterrado: se había quedado sin protección en apenas un segundo.
- ¿Qué es lo que quiere?- le preguntó con voz temblorosa.
- Que haga una visita a los tigres. Están muy aburridos, ¿sabe?- inmediatamente después, Bond le agarró, le empujó hacia atrás y le hizo pasar por encima de la barandilla que conducía al foso de los felinos. Estos no tardaron en acercarse al tipo que les podría servir de aperitivo antes de la cena. El mejicano apenas podía moverse. Probablemente se habría fracturado algún hueso de la columna vertebral tras la caída de más de 5 metros. Sólo el miedo a ser devorado le permitió continuar consciente, viendo así cómo una plaga de colmillos se disponían a arrebatarle la vida tras un sinfín de dolorosos mordiscos.
Entretanto, Bond reanimaba a los guardaespaldas con un par de pataditas. Les ayudó a limpiarse sus elegantes atuendos y les informó, con el mando en la mano, de que cualquier movimiento en falso que hicieran sería penalizado con una nueva descarga eléctrica, o incluso con un disparo a la cabeza por parte de un francotirador. Esto último era un farol, pero sabía que le creerían después de lo anteriormente acontecido. Se metió la mano con la que agarraba el mando en el bolsillo de la chaqueta y esperó.
Al cabo de un par de minutos, hizo acto de presencia otro individuo púlcramente vestido: el intermediario de la banda de “Los Camaleones”, con la que Julio tenía previsto hacer un trato de grandes dimensiones. Como era costumbre en ellos, sólo decían el lugar para llevar a cabo el negocio al líder del cliente en persona. En esta ocasión, Bond sabía que Julio no les había querido dar su fotografía, así que le bastó con acudir vestido con el mismo traje que él y estar acompañado por sus dos guardaespaldas. Se dieron un apretón de manos. El camaleón se acercó hasta su oído –otra de las prácticas habituales de la banda para evitar cualquier tipo de micrófono espía, cosa que le había obligado a 007 a estar donde estaba, prescindiendo de usar tal método- y le susurró: “Pasado mañana, Valle del Ángel Caído, 2 de la noche”. Después, se dio la vuelta y se fue por donde había venido.
- Misión cumplida.- les dijo Bond sonriente a los dos fornidos guardias poco antes de accionar el mando y electrocutarles por segunda vez. Ambos cayeron de nuevo al suelo.- Esa ha sido por pura diversión, no es nada personal.
007 volvió al techo de la jaula, guardó el rifle en un maletín tras haber desmontando sus componentes y se dirigió a la entrada del zoo en el momento en que se empezaba a informar a los visitantes de que fueran abandonando el recinto, pues se acercaba la hora de cierre.
- Perdone, - le dijo Bond al guardia de la puerta – creo que los tigres han cenado antes de tiempo.- el vigilante le miró extrañado, pero le respondió amablemente de que se lo comunicaría a sus cuidadores. En realidad, se lo tomó a broma, así que no se percató de a qué se refería hasta que a la mañana del día siguiente una niña profirió un ensordecedor grito al ver un par de zapatos sobre un charco de sangre en el foso de los felinos.
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